Aquejada por la corrupción, un cáncer que corroe despiadadamente los cimientos del sistema, Rusia es apasionante para todo aquel que tiene oportunidad de conocerla de cerca
RAFAEL M. MAÑUECO, corresponsal en Moscú
Rusia es un país de inmensa belleza, el más grande del planeta en territorio, el más rico en materias primas, primer exportador mundial de gas y petróleo y segunda potencia nuclear. Cualquier viajero que llegue a este gran país eslavo observará que la cultura y la forma de vida europea prepondera. Pero, tal y como indica el águila bicéfala de su escudo, Rusia mira a Occidente y también a Oriente. Su superficie se reparte entre Europa y Asia. Por eso, tiene una sociedad multiétnica y plurilingüe.
Tiene casi de todo, pero, como cualquier gran Estado, tampoco le faltan los problemas. El más importante, según reconocen sus propios dirigentes, es la corrupción. Hasta el punto de que se ha transformado en un cáncer que corroe despiadadamente los cimientos del sistema. La corrupción es la principal causa de que el crimen organizado ejerza una influencia fuera de lo común en la vida política y económica del país.
Hacia un capitalismo salvaje
El déficit democrático es otro de los impedimentos que obstaculizan el despegue de Rusia en todos los sentidos. Muchos lo achacan a la tradición totalitaria heredada de la época zarista y del régimen soviético. Lo cierto es que los rusos no son muy rigurosos a la hora de exigir a sus dirigentes transparencia, eficacia y honestidad. Y tal vez deberían serlo por que la injusticia y las diferencias sociales no dejan de agudizarse. Han pasado en poco tiempo de un sistema socialista agonizante, que conservaba, no obstante, el igualitarismo como base ideológica, a un capitalismo salvaje y nepótico. Como en todos los países fríos, en Rusia se empina bien el codo, lo que se ha convertido en uno de los problemas sanitarios más graves.
A primera vista, el ruso medio parece frío, incluso arisco, pero en realidad es hospitalario y afable. Es instruido, lee bastante, le gusta la música, se declara creyente, aunque no muy practicante, quizá por los años de ateismo, y le gusta la familia. Las estadísticas, sin embargo, constatan un acentuado declive demográfico.
Rusia es una nación de extremos, contradictoria, pero apasionante para todo aquel que tiene oportunidad de conocerla de cerca. Winston Churchill decía: “Rusia es una adivinanza envuelta en un misterio dentro de un enigma”. Tal vez no sea para tanto, pero no andaba descaminado. Efectivamente, Rusia es como uno de sus símbolos, la matrioshka. Hay que ir descubriéndola abriendo sucesivamente las muñecas para encontrar otra en su interior.