El escritor, que ha reconocido como una de sus cualidades la fidelidad –a una mujer, una editorial, un periódico– ha vivido siempre en Valladolid, la ciudad en que nació en 1920
«Soy como un árbol que crece donde lo plantan», dice uno de los personajes de la primera novela de Miguel Delibes, ‘La sombra del ciprés es alargada’. La frase, sin embargo, la ha hecho suya el escritor para explicar su fidelidad al lugar en que nació, Valladolid, el 17 de octubre de 1920, domingo. Y la ciudad, la provincia y toda Castilla no solo han sido el sitio de su residencia sino el telón de fondo, el paisaje, de sus obras. Muchos de sus personajes son además vallisoletanos, desde la Menchu de ‘Cinco horas con Mario’, el Cipriano Salcedo de ‘El hereje’ y el don Eloy de ‘La hoja roja’, a Lorenzo, el cazador, emigrante y jubilado que el novelista ha considerado siempre su ‘alter ego’ y la única de sus criaturas a la que ha lamentado haber abandonado. «Debía haber seguido contando sus andanzas, tengo la sensación de que le he traicionado», ha dicho en varias ocasiones.
En cualquier caso, Delibes no trasladó nunca su residencia de Valladolid a Madrid –como seguro que le aconsejaron muchas veces–, ni ha necesitado vivir en la capital para convertirse en un autor universal, traducido a numerosas lenguas, y en el escritor de Castilla.
Nació Miguel Delibes Setién en el número 12 de la Acera de Recoletos, esquina con la calle Colmenares y frente al Campo Grande, el lugar ideal para alguien que amaba profundamente el aire libre. Era una casa de cuatro plantas, en piedra y ladrillo rojo, construida a finales del siglo XIX y en la que murió Fréderic Delibes Roux, el abuelo francés del novelista y origen de la rama española de los Delibes.
El escritor era el tercero de los ocho hijos –cinco chicos y tres chicas– del matrimonio formado por Adolfo Delibes Cortés, abogado y director de la Escuela de Comercio, y de María del Milagro Setién Echánove, y fue bautizado en la parroquia de San Ildefonso con el nombre de Miguel Manuel Mariano. Su abuelo paterno, que era sobrino del músico Leo Delibes, nació en Toulouse y llegó a España en 1860 para construir como técnico el ferrocarril de Alar del Rey a Santander, una línea que pasaba por Molledo-Portolín –escenario elegido por el novelista para ‘El camino’– donde conoció a Saturnina Cortés Villegas, con la que se casó cuatro años más tarde. Un tiempo después, en 1890, el matrimonio se trasladó con sus tres hijos –Luis, Enriqueta y Adolfo– a Valladolid, ciudad en la que el padre, con el nombre ya españolizado, montó una fábrica de carpintería mecánica y, entre otros trabajos, construyó la estructura del piso móvil o suelo levadizo del Teatro Calderón.
Adolfo casó a los 42 años con María del Milagro, burgalesa con raíces en la provincia de Santander, de 29, y tuvieron ocho hijos, Adolfo, Concepción, Mi- guel, José Ramón, Federico, María Luisa, Manuel y Ana María.
El primer colegio al que asistió Miguel fue el de las Carmelitas del Campo Grande, en el Paseo de Zorrilla, donde hizo la primera comunión cuando tenía seis años. De allí pasó al de Nuestra Señora de Lourdes de los hermanos de La Salle, situado no muy lejos de allí, en la calle Paulina Harriet, donde estudió el Bachillerato. Por esos años aprendió a nadar, a montar en bicicleta y hasta acompañaba a su padre a cazar, pero lo que de verdad le apasionaba, como ha recordado después, era el fútbol.
Cuando a Miguel Delibes le faltaban aún tres meses para cumplir 16 años, comenzó la Guerra Civil, un conflicto que de alguna manera cambió su vida y que describió después como «un amargo despertar a la adolescencia». A este periodo ha dedicado el escritor varias de sus obras, como ‘El refugio’, un relato incluido en el libro ‘La partida’ (1954) que recuerda precisamente los lugares en los que se metían los ciudadanos cuando empezaban los bombardeos.
También está la guerra en ‘Mi idolatrado hijo Sisí’ y, como telón de fondo, en ‘Cinco horas con Mario’ o ‘Las ratas’, pero es sobre todo en ‘Madera de héroe’, una larga novela publicada en 1987 y que no ha tenido el éxito que otros de sus libros –él lo justificaba en parte por su duración– en la que recuerda su experiencia en la Marina. Está dedicada a un amigo de la infancia, Luis María Ferrández, que murió en el ‘Baleares’. El escritor se alistó en el ‘Galatea’, el buque escuela fondeado en El Ferrol, en febrero de 1938, y tras un breve periodo de adiestramiento embarcó en el ‘Canarias’, con base en Palma de Mallorca, donde permaneció hasta que acabó la contienda.
Muchos años después, en 1970, el escritor –que no tenía en 1938 una motivación ideológica– explicó en una entrevista que siempre que la guerra ha surgido en alguno de sus libros, «yo lo que he tratado de hacer ha sido presentarla como la típica guerra fratricida: el drama de Caín y Abel». Así aparece el conflicto en ‘Las guerras de nuestros antepasados’ –una de sus obras más duras–, ‘La sombra del ciprés es alargada’ o ‘Aún es de día’.
Terminada la contienda y de regreso en Valladolid, aprovecha los cursos intensivos que se organizaron oficialmente para recuperar el paréntesis de la guerra y termina Comercio y hace Derecho en dos años y medio.
Su meta es entonces sacar por oposición la cátedra de Derecho Mercantil en la Escuela de Comercio, tarea a la que dedica seis años de su vida hasta que al fin, en julio de 1945, consigue su meta y sucede a su padre, jubilado el año anterior.
Pero en estos años han ocurrido otras cosas, entre ellas su ingreso en EL NORTE DE CASTILLA como caricaturista –con un sueldo mensual de 100 pesetas y entradas gratuitas para los espectáculos– y ha empezado a salir con una muchacha llamada Ángeles de Castro. En el periódico comienza a ilustrar partidos de fútbol para pasar luego a dibujar actores y actrices para acompañar las críticas de cine, así como retratos de los protagonistas de las noticias de nacional e internacional, y hasta viñetas humorísticas. Lo firma todo como ‘MAX’, ‘M’ de Miguel, ‘A’ de Ángeles y ‘X’ de incógnita o incertidumbre del futuro de los dos.
En 1944, y después de hacer un curso acelerado en la Escuela de Periodismo de Madrid, Delibes se convierte en redactor de EL NORTE, donde ha empezado ya a hacer críticas de cine y de libros así como artículos y hasta editoriales firmadas.
El 23 de abril de 1946, Miguel Delibes contrajo matrimonio con Ángeles de Castro y un mes más tarde comenzó a escribir en el periódico una serie de artículos de marcado carácter literario que tituló ‘Meditaciones de un solitario’.
De los artículos a la literatura no hay más que un paso, y Delibes lo dio con un cuento infantil, ‘La bujía, que después ha tachado de «cursi y sin valor literario alguno». Por entonces, 1947 –año en el que nació su primer hijo, Miguel–, el escritor ha empezado a preparar una novela, ‘La sombra del ciprés es alargada’, un relato excesivamente triste para una de las épocas más felices de su vida y en el que da forma a una obsesión que le ha perseguido desde la infancia, la de la muerte.
Delibes presentó la novela al Premio Nadal y en la noche del 6 de enero de 1947 se enteró por el teletipo de EL NORTE de que era finalista, junto con Manuel Pombo, del galardón más prestigioso de España. Luego, el director del periódico llamó al Café Suizo de Barcelona, donde se reunía el jurado, y confirmó que el autor vallisoletano era el ganador.
Dos meses y medio después nace su segundo hijo, una niña a la que llaman Ángeles, y en abril sale publicada la novela. A ella seguirá, a finales de año, la que creía sería la segunda, ‘El Antracita’, que su editor, Josep Vergés de Destino, guardó un tiempo y salió publicada como uno de los relatos cortos de ‘La partida’ en 1954.
Por eso, su segunda novela fue ‘Aún es de día’, publicada en octubre de 1949 y una obra que, como la anterior, el escritor ha criticado duramente. Y es que Delibes ha declarado siempre que su primera y verdadera obra fue ‘El camino’, editada en diciembre de 1950, cuando ya han nacido sus hijos Germán y Elisa, esta tres meses antes.
«De manera que cuando, un buen día, escribo ‘El camino’, una novela que me había costado mucho menos esfuerzo, y descubro que era aplaudida por los críticos, yo me dije: Pues ‘El camino’ es mi camino, lo que tengo que hacer es escribir como hablo, con poco adorno y olvidándome por completo del diccionario de sinónimos», explicó Miguel Delibes en una entrevista radiofónica de 1993. Y eso hizo a partir de entonces.
Así se fue gestando su obra literaria, al tiempo que adquiría nuevas responsabilidades en EL NORTE, donde fue nombrado subdirector en 1953 y director en 1958. Además, comienza a publicar una serie de artículos sobre cine, sección que tituló ‘Desde mi cabina’. También hace entrevistas, información internacional los domingos –‘Vistas al exterior’– y comentarios deportivos.