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Álex de la Iglesia ha ejercido en apenas unas semanas de funambulista, negociador y liquidador metafórico de la reciente historia de España

Activo, activista y agitador, en apenas unas semanas este candidato de frágil academia y presidente sin red ha ejercido de funambulista, de negociador y liquidador metafórico de la reciente historia de España. Jefe de pista de todos los circos, los reales y los metafóricos, bajo su carpa ya no caben componendas ni extraños equlibristas ni 'goyas' anónimos. En unos días Alex de la Iglesia asume la santísima trinidad imposible: presidir, crear y dimitir.

Conciliador de internautas cabreados, -presidente de día, director de noche; cineasta blanco, corazón negro; director blanco gestor busca-, el director bilbaíno apela al karma del cine, fagocita el caos alocado de la historia, reordena la academia y adora al dios del humor para convocar complicidades. El guión de este académico mayor, payaso triste y payaso serio, suena a energía y entusiasmo. Para afrontar su papel de mediador cargó 800 balas en su recámara pero el crimen le resultó imperfecto. Gurú y sherpa, detonador y apagafuegos, Alex de la Iglesia es carne de red social y casquería sólo fina para paladares de catarsis visual. El cine español vive anclado en la cultura de la cifra, más resultadista que una noche de Eurovisión. Muertos de risa algunos esperan el día de la bestia a través de un festival de golpes de humor, gore doméstico y risa amarga como en esa gran casa de muñecas rotas, ruido y furia, tormento y éxtasis que destila la película del presidente/candidato/favorito.

Gurú y sherpa, detonador y apagafuegos, Alex de la Iglesia es carne de red social y casquería sólo fina para paladares de catarsis visual

A Alex de la Iglesia le gustan las alturas en pantalla, el vértigo en la creación y la medida imposible entre el deseo y la realidad, el ejercicio de potencia visual entre el arrebato y la desmesura. Y ese combate de realismo y sueño, de farsa y costumbrismo, de documento y trazo onírico que convive en su última cinta parece haberse trasladado a su entorno en las semanas previas a esa fiesta de los Goya que promete atractivos equilibrios entre 'El guateque' y 'Funny games'.

De tal experiencia, la de la esquizofrenia de ser portavoz del 'teatro del conflicto' y mutante defensor de la red le habrán nacido varios guiones. En el interior de esa doble personalidad entre el cineasta que promociona su más difícil todavía cinematográfico y afronta el nuevo rodaje. 'La chispa de la vida'. reside la misma distancia y debate que entre el güisqui y la Coca-cola. Y por qué no mezclarlos.

Al cabo, un bilbaíno manda donde le sale de los cojones y Álex de la Iglesia ejerce de lateral izquierdo de la ley sinde y demiurgo de la cantera cinematográfica. El cineasta de 'Perdita Durango' tiene algo de Tarantino de gran vía, de catador de kalimotxos de cosecha. Uno de esos tipos a los que uno invitaría a una fiesta sin conocerle pero consciente de que tras la confianza inicial asomaría un alma perversa, imaginativa, de necesario Hitchcock de andar por casa. Harto y cansino de jugar a 'con la ley en los talones', Älex de la Iglesia ha dado un corte de travelling a su inmarcesible deseo de contentar a unos, escuchar a otros y frenar su ansiedad de deslumbramiento creativo y gestor infatigable.

La balada triste de txistu y tamboril está hecha de asombro y cabreo. A Älex le chirrían las componendas políticas y el cineasta ha asumido que la realidad del cine español posee numerosas claves e iconos que recuerdan a los antagónicos personajes de su filme ganador. Uno asiste, como en su película, a una ceremonia de viñeta e hipérbole, de pacto vergonzante y estruendo constante, entre cantar a Raphael en un karaoke y peregrinar al valle de los Caídos. Entre la carcajada creativa y el cargo muermo e inútil, entre la fortaleza narrativa de su bella y dos bestias, que cuenta la catarsis de su poderosa balada, y la causa digital , el cineasta siempre ácido y sarcástico ha optado por regresar a su laboratorio de criaturas animadas para diseccionar el mundo. Un viaje de vuelta con un equipaje previsible, un saco de goyas para asomarse a la realidad y poder decir: Y vosotros, ¿de qué circo sois?.

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